Un encuentro vocacional en Caleruega invita a los jóvenes a escuchar la llamada de Dios
17 de marzo de 2026
La Casa de Espiritualidad Santo Domingo, en Caleruega (Burgos), acogió del 27 de febrero al 1 de marzo de 2026 el encuentro vocacional “Llamó a los que Él quiso” (Mc 3,13), organizado por la Pastoral Juvenil Vocacional de la Familia Dominicana. Dirigido a jóvenes a partir de 18 años, el fin de semana reunió a participantes de distintas ramas dominicanas en un espacio de oración, convivencia y discernimiento vocacional. A continuación, recogemos la crónica de esta experiencia vivida en la tierra natal de santo Domingo.

Crónica de un fin de semana vocacional con la Familia Dominicana.
Hay encuentros que se viven como una simple actividad más en el calendario. Y hay otros que dejan una huella discreta pero profunda en el corazón. El fin de semana vocacional vivido con la Familia Dominicana en Caleruega, tierra natal de Santo Domingo de Guzmán, pertenece sin duda a esta segunda categoría.
Desde el primer momento se percibía un ambiente especial. No se trataba únicamente de compartir unos días juntos, sino de abrir un espacio de búsqueda, de escucha y de discernimiento. Cada uno llegaba con su propia historia, con preguntas quizá todavía no del todo formuladas, con el deseo de comprender mejor el propio camino y de descubrir, en medio de la vida cotidiana, la voz de Dios que llama.
El fin de semana comenzó con momentos sencillos de presentación y convivencia, que poco a poco fueron creando un clima de confianza entre todos. Pronto dejó de ser un grupo de personas que apenas se conocían para convertirse en una pequeña comunidad en camino. Las conversaciones espontáneas, las risas compartidas y la escucha atenta ayudaron a crear ese ambiente fraterno que permite hablar con libertad y sinceridad.
Uno de los momentos más significativos fue la experiencia de Emaús. Inspirados por el relato evangélico de los discípulos que caminan junto a Cristo, salimos a recorrer los verdes campos que rodean Caleruega. Durante el camino, en pequeños grupos, fuimos conversando, compartiendo nuestras historias, nuestras inquietudes y aquello que cada uno vive en su interior. Aquella caminata no fue simplemente un paseo por un paisaje hermoso: fue una oportunidad para conocernos de verdad. El ritmo tranquilo del camino, el silencio del entorno y la conversación sincera crearon un espacio muy propicio para adentrarnos, poco a poco, en la profundidad de nuestro propio ser.

A lo largo del encuentro hubo también momentos dedicados a compartir sensaciones y puntos de vista, donde cada uno pudo expresar lo que estaba descubriendo o aquello que le interpelaba. En esos espacios se hizo evidente algo muy valioso: la vocación se vive de manera profundamente personal, pero se ilumina cuando se comparte con otros. Escuchar las experiencias de los demás ensancha la mirada y ayuda a reconocer que Dios actúa de muchas maneras distintas en cada vida.
El corazón del fin de semana fue, naturalmente, la oración. Hubo tiempos de recogimiento, de silencio y de adoración eucarística, donde cada uno pudo detenerse ante el Señor con sencillez. En esos momentos el ruido interior se aquieta y las preguntas que traemos con nosotros encuentran un lugar donde reposar. Ante el Santísimo, cada uno pudo presentar su propia vida, sus búsquedas y sus esperanzas, dejando espacio para que Dios hablara en lo profundo del corazón.
El encuentro estuvo también marcado por el descubrimiento del propio pueblo, Caleruega. Recorrer sus lugares más significativos, conocer los rincones vinculados a la vida de Santo Domingo, y contemplar el ambiente sencillo de este pueblo castellano permitió acercarnos de manera concreta al origen de la espiritualidad dominicana. Caminar por la tierra donde nació Domingo de Guzmán hace comprender que las grandes vocaciones nacen muchas veces en la sencillez de una vida profundamente arraigada en Dios.

Un papel fundamental en el desarrollo del encuentro lo han tenido Isabel y Juanma, quienes han acompañado y guiado todo el fin de semana con cercanía, generosidad y fe. Su manera de conducir las actividades, de escuchar con atención a cada participante y de crear un ambiente sereno y fraterno ha sido clave para que todos pudiéramos vivir estos días con tanta libertad y profundidad.
Queda también en la memoria la riqueza de todos los compañeros con quienes hemos compartido este tiempo. En apenas unos días se ha creado una fraternidad sencilla pero auténtica, hecha de conversaciones profundas, momentos de silencio compartido y la conciencia de estar recorriendo juntos un mismo camino de búsqueda.
Al concluir el encuentro uno se marcha con la sensación de haber recibido un regalo. Quizá no todas las preguntas han encontrado todavía una respuesta definitiva, pero sí ha crecido algo más importante: una mayor claridad interior, una mayor apertura al Señor y la certeza de que la búsqueda de la propia vocación no se realiza en soledad.
Caleruega nos recuerda, con la discreción de sus campos y la memoria de Santo Domingo, que toda vocación comienza con una pregunta sencilla pero decisiva: ¿qué quiere Dios de mi vida?
Y quizá la mayor gracia de este fin de semana ha sido precisamente esa: volver a escuchar esa pregunta mientras caminábamos juntos, compartiendo la fe, la amistad y la esperanza.

