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Seis novicios dominicos profesan sus primeros votos tras un año de noviciado en Sevilla

14 de septiembre de 2026 profesion simple 2026 01

El 5 de septiembre de 2026, los novicios dominicos que habían realizado su año de noviciado en Sevilla dieron un nuevo paso en su camino vocacional con la profesión religiosa. Acompañados por sus familias, amigos y numerosos miembros de la Familia Dominicana, participaron en una celebración en la que el prior provincial, Fr. Javier Carballo O.P., los invitó a reconocerse llamados a ser «sal y luz» y a poner su vida al servicio de la predicación. Fray Pablo Añorbe O.P. relata en esta crónica, desde su experiencia personal, lo vivido durante aquella jornada y el camino recorrido a lo largo del noviciado.

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Fr. Alcides J. Chamorro, Fr. Javier Aguilera, Fr, Eddy Berthos, Fr. Pablo Añorbe, Fr. Darío Nsogo, Fr. Guillermo V. Seguí, Fr. Ósar J. Fernández y Fr. Liosdany R. Cidrón

 

Crónica de Fr. Pablo Añorbe

Apenas comenzaba la mañana del 5 de septiembre de 2026, mientras rezábamos el Oficio en comunidad (nuestro último oficio como novicios) se desataba en Sevilla una gran tormenta, que, aunque pasajera, empapaba todo nuestro jardín. Y es que Dios ya se estaba encargando de preparar nuestro corazón para poder decirle que sí. Parecía que Dios nos recordaba eso de “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo” (Is 55, 10-11).

Y es que, echando la vista atrás, creo que no hay versículo mejor para definir lo que este año de noviciado ha significado para nosotros. Llegamos con la prisa, agitados del mundo, y se nos pidió parar. Como esas tardes de verano jugando al sol cuando comienza una tormenta y sales corriendo al abrigo del techo más cercano, así fue llegar al convento que sería nuestra casa por un año. Tuvimos que aprender a parar, a mirarnos por dentro, a perdonar, a convivir. Tuvimos que ir dejando que Dios fuera obrando en nosotros, poco a poco, como lluvia fina que, aunque parece no mojar, acaba empapando la tierra.

Llegamos sin saber qué esperar, cómo sería la vida del noviciado, la comunidad, los horarios. Todo fraile habla de su año de noviciado, algunos mejor, otros no con demasiado cariño, pero cada uno desde su experiencia. Y por eso, Dios nos ha invitado a hacer la nuestra propia, nos ha llevado a nuestro propio desierto y ha ido regando en él, haciendo germinar en nosotros nuestra mejor versión. No digo que haya sido siempre fácil. Ha habido momentos de crisis, de no ver nada, de sentir que nada está floreciendo en ti. Pero, aun en la oscuridad y en el silencio, hemos ido vislumbrando ese rayo, esa cuerda auxiliar a la que agarrarnos para poder seguir.

Pasaban las horas de la mañana, la gente iba llegando, el convento se iba llenando de vida. Familiares, amigos, la gran Familia Dominicana. Gente de Paraguay, Cuba, Madagascar, Guinea Ecuatorial, Uruguay y todos los rincones de España (sobre todo de Atocha). Todos llegando para unirse a nuestra celebración, la celebración de toda la Iglesia. La lluvia había parado, aunque el cielo seguía teñido de un color grisáceo. El agua ya estaba dentro de nosotros. Me recordó a ese momento en que se apaga el cirio pascual, porque el Espíritu ya vive en nosotros. De alguna manera, Dios se había derramado en nosotros, para dar semilla al sembrador y pan al que come. Y es que llegaba el momento de decir sí.

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Unos momentos antes de arrodillarnos ante el Provincial para prometer obediencia a Dios, a María, a Domingo y a él, en lugar del Maestro de la Orden, el propio fray Javier nos recordaba en la homilía ese mismo sentir: “esto es lo mío”. No como el sentimiento de un paso que damos por nuestras propias fuerzas, sino sabiendo que era Dios el que nos guiaba a ello. El Evangelio nos invitaba a ser sal y luz. Nos recordaba la importancia de ser luz de luna, reflejo del Sol, de Dios, como la lluvia no se vale por sí misma, sino que cumple el encargo de Dios. Así nos seguía recordando la importancia de ponernos en las manos de Dios para llevar a otros lo contemplado.

Que la Virgen María nos ayude, que Domingo nos guíe al caminar. Yo, fray Pablo Añorbe Montesinos, hago profesión y prometo obediencia… Uno podía pensar que ya estaba todo hecho, que se había acabado. Pero lo bueno de vivir en una Orden como la nuestra es que siempre tienes un hermano que te permite centrar la mirada en lo verdaderamente importante. Ese día no acababa nada, no era un logro, sino un reto que estamos llamados a asumir, y que solo logra aquel que vive realmente enamorado de Jesús, de su Evangelio y de su Reino.

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Y, por fin, salió el sol. Ese que nos invita a seguir gritando: ¡Aquí estamos, Domingo! ¡Aquí estamos, Señor! Queremos seguir diciéndote sí todos los días de nuestra vida, queremos seguir poniéndonos al servicio del más necesitado. Queremos seguir siendo lluvia, sal, luz, palabra, abrazo, esperanza y valentía. Queremos seguir viviendo este carisma que Domingo ideó para nosotros, y que lleva más de 800 años predicando la gracia, siguiendo a Cristo Predicador.

Gracias, Señor, por dejarnos formar parte de esta tu familia dominicana. Gracias, Domingo, por fundarla. Gracias, Madre, por protegernos bajo tu manto. Gracias, querida Familia, por enseñarnos a vivir la diversidad que nos caracteriza. Gracias a todos los que con vuestra oración y vuestra presencia nos acompañasteis en un día tan especial. Esperamos poder devolver tanto bien como se nos ha dado, y poder decir siempre que queremos ser hijos de Domingo, hijos de Dios.

Fray Pablo Añorbe, O.P.

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