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Fray Pedro Fernández se despide de Roma tras veintidós años de ministerio

19 de mayo de 2026 basilica santa maria maggiore

Fr. Pedro Fernández, OP, ha concluido su ministerio en el Colegio Apostólico de Penitenciarios en Roma, donde ha servido durante veintidós años. Su despedida ha sido vivida por sus hermanos como una ocasión de acción de gracias por una vida marcada por la escucha, la discreción y la fidelidad al Evangelio.

Durante este tiempo, Fr. Pedro ha ejercido un ministerio silencioso y profundamente dominicano, acompañando a quienes se acercaban en busca de perdón, consuelo y reconciliación. Su presencia en Roma ha sido reconocida como una forma concreta de predicación: una predicación hecha de paciencia, acogida y misericordia.

Natural de León, Fr. Pedro regresa ahora a España, a la comunidad de la Virgen del Camino. Sus hermanos lo despiden con gratitud y oración, recordando su servicio como un testimonio de que la Orden de Predicadores anuncia también el Evangelio desde la permanencia fiel y el cuidado de las almas.

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Texto íntegro

El silencio que abraza al alma: Veintidós años de misericordia de Fray Pedro Fernández, O.P. en Roma

Por Fr. Carlos Ávila O.P

En acción de gracias por el ministerio de Fray Pedro Fernández, O.P., en su despedida del Colegio Apostólico de Penitenciarios en Roma, y su regreso a León, España.

“Id y predicad el Evangelio”. Así comenzó todo. Así comienza siempre.

La luz que entra sin pedir permiso

Hay hombres que no llegan haciendo ruido. Llegan como llega la luz por las rendijas de una basílica antigua: sin anunciarse, sin pedir permiso, iluminando esos rincones oscuros que nadie más se había atrevido a mirar.

Así llegó Fray Pedro Fernández a estas piedras romanas, a este corazón del mundo que es Roma, vistiendo su hábito blanco como la luz del alba y su capa negra como la noche que cobija. Llegó con la mansedumbre silenciosa de quien sabe perfectamente que la misericordia no se negocia: se regala.

Veintidós años sosteniendo el peso del mundo

Veintidós años. Que nadie lo diga rápido. Que nadie pase por encima de este número sin detenerse a respirar. Veintidós años sentado allí donde se sientan los que cargan el peso del mundo. Veintidós años siendo un puente vivo entre el hombre roto y el Dios que lo espera entero. Como el padre de la parábola, que divisaba al hijo desandando el camino desde lejos, Fray Pedro aprendió a reconocer en cada voz quebrada al otro lado de la rejilla la misma historia de siempre: un corazón cansado que solo necesita volver a casa.

Corazones encendidos, no teólogos fríos

Nuestro Padre Santo Domingo no fundó una escuela de intelectuales fríos. Fundó una familia de predicadores encendidos, convencidos de que la Palabra de Dios no se guarda en un cajón, sino que se lanza, se regala, se grita si hace falta o se susurra cuando el alma está herida.

Fray Pedro entendió esto desde su León natal, esa tierra de reyes y catedrales donde la fe se respira en cada rincón de piedra. Predicó con los labios, claro que sí, pero sobre todo predicó con la paciencia indomable, con la escucha atenta, con esa rara y hermosa virtud de quien se queda quieto para que el otro pueda dar el paso y ponerse en movimiento.

El ministerio de permanecer

Solemos pensar en el discípulo amado que se quedó firme al pie de la Cruz cuando todos los demás habían salido huyendo. Hay un ministerio oculto que no brilla desde el púlpito, que no cotiza en los libros de historia, que nadie fotografía ni aplaude: es el ministerio de la pura permanencia. Y Fray Pedro permaneció.

Permaneció cuando Roma se vestía de fiesta y cuando se volvía gris y fría. Permaneció ante los grandes pecados que asustan y ante las pequeñas angustias cotidianas, esas que a veces pesan mucho más. Permaneció con la fidelidad serena de quien se sabe un simple cauce, un instrumento de una misericordia que lo supera y lo sostiene por completo.

Un nuevo rumbo en la mochila

Y ahora, el camino lo vuelve a llamar. Porque un dominico jamás se jubila del Evangelio; cambia de misión, cambia el suelo que pisa, pero la Palabra sigue ardiendo idéntica en el pecho. La Virgen del Camino lo espera allá en su tierra, esa Madre que los peregrinos conocen bien, experta en pies cansados y en corazones renovados.

Y Fray Pedro irá, como fue siempre: sin hacer ruido, caminando hasta donde den las fuerzas, y un poquito más también, porque así camina quien lleva a Cristo en la mochila de la vida y no solo en los renglones de la memoria.

La gratitud de la mesa compartida

Nosotros, sus hermanos de comunidad, los que hemos compartido el refectorio y la oración, el capítulo y el silencio, queremos decirle hoy lo que a veces, por el vértigo de los días, no nos decimos con suficiente claridad: gracias.

Gracias por haber sido el testigo vivo de que la Orden de Predicadores no es un lindo nombre, sino una manera de entregarse. Gracias por habernos enseñado, sin necesidad de dar ninguna clase magistral, que la misericordia siempre es más valiente que el juicio.

Gracias por haber cargado con los dolores y pecados ajenos como si fuesen tuyos, para dejarlos en el único lugar donde se borran para siempre.

Llevas a León en la sangre, a España en el alma y a Domingo en el corazón. Y nosotros, de acá en adelante, te llevamos apretado en nuestra oración.

Veritas. Siempre.

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