Carta de Adviento - Navidad 2025
29 de noviembre de 2025
Carta Adviento-Navidad 2025
“La fidelidad brota de la tierra” (Salmo 84, 12)
El Adviento comienza con la exhortación a estar atentos y vigilantes: “Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!” (Mc 13, 37). Es tiempo para crecer en fidelidad al Señor y a la misión que nos ha encomendado. Aunque la fidelidad no es un valor socialmente en alza, es una actitud necesaria en tiempos de grandes transformaciones e incertidumbres para vivir arraigados en la esperanza cristiana con fortaleza de ánimo. Pero supone de nuestra parte mayor atención, poner más cuidado, afinar la sensibilidad al Espíritu.
El descrédito de la fidelidad está estrechamente relacionado con el individualismo, la superficialidad y el consumismo que nos invaden. Casi todo lo podemos adquirir, disfrutar y agotar rápidamente, con el fin de pasar pronto a una nueva experiencia que satisfaga nuestro voraz apetito. No es extraño que el “tener” haya sustituido al “ser”. Pero los valores más profundos de lo humano no se descubren en unas pocas vivencias puntuales, efímeras y superficiales. Las virtualidades y potencialidades del ser y de los valores sólo se pueden descubrir y disfrutar si se viven con intensidad, profundidad y compromiso a lo largo del tiempo. Sólo así calan en el espíritu y marcan nuestro carácter y personalidad. La calidad de lo humano lleva aparejada la perseverancia y profundización en la vivencia continuada de una serie de valores nucleares en las diversas circunstancias, momentos y etapas de nuestra biografía.
La auténtica fidelidad no es una mera conservación o repetición, conformidad u obstinación sin cuento, ni simple necesidad de seguridades. Es el medio y camino para poder desarrollar las potencialidades de los seres, de nuestras relaciones con los demás y de la misma vida y sus valores más sustanciales. La fidelidad es condición necesaria para descubrirlos y disfrutarlos con mayor intensidad y calidad. El poder fecundo de la fidelidad está en que nos permite descubrir y aproximarnos progresivamente a la verdad de la vida, que a menudo está oculta en la superficialidad y las apariencias.
Si el goce y la fruición de los valores está en estrecha interrelación con la constancia y el grado de intensidad en su vivencia, la fidelidad y la felicidad, por tanto, van de la mano y crecen juntas. La felicidad humana es una anticipación de la plenitud del amor a la que está orientada nuestra vida, por lo que la fidelidad a nuestra vocación, convicciones y compromisos evangélicos nos conduce por el camino de la Bienaventuranza.
La fidelidad no consiste en una fijación en mediaciones, expresiones o formalidades que se consideran inmutables. La auténtica fidelidad encierra un poder creador, imprescindible para ahondar en la verdad del ser y del valor, que impulsa la vida hacia su plenitud. Por ello, la fidelidad es responder “a una misteriosa incitación a crear”, en expresión de Gabriel Marcel. Está llamada a ser siempre una fidelidad creativa (cf. J. M. URIARTE, Claves de la conversión, Cantabria, Sal Terrae, 2015, 4ª parte Fidelidad de Dios y fidelidad humana, pp. 107-153).
La fidelidad tampoco se refiere sólo a un aspecto parcial de la vida, sino que es “una actitud englobante que abarca ontológica y existencialmente a la persona con la totalidad de lo real. Ser fiel es, simultáneamente, serlo a uno mismo, a los otros y a lo trascendente” (F. VELA, En torno a la fidelidad, en Valores marginados en nuestra sociedad, Salamanca, San Esteban, 1991, p. 139). Esta triple dirección de la fidelidad no es separable entre sí, porque se trata de una única actitud personal, global e integradora, donde cada perspectiva está relacionada a las otras dos.
La fidelidad a uno mismo implica tanto el cuidado de la propia vocación en sus raíces teologales como la capacidad de conversión y renovación con el objetivo de desarrollar más las potencialidades y capacidades que cada uno tiene. Además, supone un compromiso de autenticidad, de no vivir en la apariencia de ser sino en la verdad de lo que se es, asumiendo, obviamente, la debilidad y fragilidad de nuestra vida. La fidelidad a uno mismo pasa por el amor intenso a la verdad y la pasión por vivir en la veracidad, de modo que haya una mínima sintonía entre lo que somos y lo que quisiéramos llegar a ser, y, por tanto, un mayor encaje de la vocación (cf. E. CHÁVARRI, Perfiles de nueva humanidad, Salamanca, San Esteban, 1993, cap. 12 El fundamento de la autenticidad). En esto nos jugamos la credibilidad de nuestra predicación. El cuidado de la propia vocación, autorrenovación y autenticidad son claves de la fidelidad a uno mismo.
La fidelidad se abre necesariamente a los otros: al “tú” personal y a la comunidad. El individualismo, la instrumentalización de las personas y la distancia en las relaciones no juegan a su favor. La lealtad se expande por todo el ámbito de las relaciones interpersonales, hasta prolongarse de un modo natural en la entrega gratuita, el servicio y la donación a los demás. La fraternidad supone reconocer, valorar y amar al otro en su diferencia, e integrarse cada uno con su riqueza en el proyecto común de un modo solidario. La lealtad es el nexo de unión en la construcción de lo común. Estar disponible para el hermano y para la comunidad, para quien me necesita, es expresión fundamental de esta fidelidad. Además, desde la confianza y lealtad se genera amistad. El amigo es el que permanece fiel en la búsqueda del bien y en la ayuda mutua para ser mejores. Sólo hay amistad verdadera, como ya decía Aristóteles, cuando los amigos buscan juntos el bien en el marco de una relación duradera y estable. Por eso, los amigos nos sostienen en la adversidad y debilidad, y no nos dejan solos ni desaparecen en la contrariedad. La fidelidad refleja el grado de la amistad. Si la fidelidad de Dios se expresa plenamente en su alianza de amistad con la humanidad, manifestada prodigiosamente en la vida, muerte y resurrección del Señor Jesús, también nuestro comportamiento en amistad y generosidad con los demás es la mejor encarnación de la fidelidad a otras personas y a Dios mismo. La disponibilidad, la fraternidad amistosa y las relaciones de gratuidad son los ámbitos en los que se despliega la fidelidad a los demás.
La fidelidad a Dios se traduce en fidelidad al Misterio acogido en la fe, profundizado en el estudio, contemplado en la oración y celebrado en la liturgia. El misterio consiste en una síntesis de presencia y ausencia. El creyente vive “al filo del misterio”, de lo indecible que sólo puede ser presentido e intuido, esperado y vislumbrado; que no se impone, sino que se insinúa suave y silenciosamente. Nuestro testimonio y responsabilidad es permanecer fieles a la experiencia del Misterio. Esta fidelidad se expresa en la oración y en el estudio. Ser fieles a la oración y a las celebraciones litúrgicas es duro y difícil. Requiere una constante ascesis, no sólo por el cansancio y la monotonía, sino porque podemos tener la sensación de no pasar nunca de un nivel de principiantes, con poca profundidad y escaso progreso. Pero la fidelidad a la oración es, sobre todo, disponibilidad, apertura al Espíritu y docilidad a que actúe en nosotros, aunque no se deje sentir. Además, el estudio continuo y el esfuerzo por comprender y ahondar en la Palabra de Dios es medio crucial para alcanzar niveles más profundos de la existencia y permanecer en ellos. La fidelidad a Dios sugiere mantener vivo el sentido del Misterio y perseverar en su contemplación a través del estudio, la oración y la liturgia.
La fidelidad es un modo de ser y de vivir, siempre en construcción y mejoramiento, en tensión armónica y constructiva, que exige reavivar la pasión creadora y consagrarse a ella en el realismo de sus mediaciones concretas y cotidianas. Es ahí, en la entrega de la fe y de la vocación personal, donde la fidelidad se hace consagración: “Es sólo consagrando la vida, dándola sin reservas a lo que hemos intuido como valioso, como la vida adquiere sentido. No hay fidelidad sin dedicación íntima, sin entrega incondicionada, sin apuesta apasionada, sin donación dinámica y creadora; una consagración que permanentemente me impulsa a ir más allá de donde he logrado ir” (F. VELA, oc. p. 141).
Nosotros solos, con nuestras únicas fuerzas, no podemos hacer nada. Nunca podríamos sacudirnos la impresión de ser unos fracasados o unos impostores. Pero la vida cristiana es una síntesis de gracia y obras, de esfuerzo personal y ayuda recibida, de entrega y amor gratuito recibido, donde la fidelidad de Dios viene en nuestro auxilio para que podamos responder con una entrega humilde y constantemente renovada. La gracia y el amor de Dios, junto a la fraternidad y amistad de los demás, nos ayudan y fortalecen en el frágil camino de la fidelidad humana.
“La fidelidad brota de la tierra” (Sal 84, 12) sugiere que la expresión por antonomasia de la fidelidad de Dios es la presencia divina que ha brotado en la tierra, es decir, la persona del Hijo encarnado, Jesucristo nuestro Señor. Es lo que celebramos en la Navidad: el amor fiel de Dios que en Jesús se ha hecho carne, cercano y amigo. ¡Que al celebrar la fidelidad de Dios manifestada en el nacimiento del Niño Jesús nos afiancemos en nuestra respuesta fiel como discípulos suyos y predicadores de su amistad con la humanidad! ¡Que celebremos con alegría en la próxima Navidad la fidelidad que ha brotado de la tierra para hacer fecunda nuestra vocación y regalarnos en ella una misteriosa y contagiosa felicidad!
Madrid, 29 de noviembre de 2025
Fray Francisco Javier Carballo, O.P.
Prior Provincial
