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Entendido

Santuario de Ntra. Sra. de las Caldas

Virgen Caldas

Los orígenes se remontan al s. XVII. Existía junto al Camino Real y al Río Besaya una pequeña ermita medieval, perteneciente al pueblo Barros, donde se veneraba una imagen gótica de la Santísima Virgen del s. XIII o XIV. “Está la ermita cerca de una fuente, cuyo raudal es de agua caliente… Por ser esta agua tan cálida se dio a la santa imagen el título y apellido de Las Caldas… Esta santa imagen es muy antigua, y tanto, que aunque se han hecho buenas diligencias preguntando a los más ancianos de la tierra, no se ha podido averiguar su antigüedad; y solo saben decir que es muy antigua y que la gente de la Montaña siempre ha tenido con ella gran devoción… Es esta imagen de cara bien proporcionada y agraciada. Representa en ella mucha majestad y soberanía, y junta gravedad con benignidad y agrado tal, que quien con atención la mira, le arrebata el ánimo y le atrae el corazón”, P. ALONSO DEL POZO, Historia de la milagrosa imagen de Nª.Sª. de Las Caldas y su convento, 1700, c. 3, pp.21 y 22. Se desconoce el origen de esta imagen. Algunos creen que fue traída hasta este lugar por cristianos del sur que huían de las persecuciones musulmanas.

En 1605 el pueblo de Barros hace entrega de la ermita a los Dominicos del Convento Regina Coeli de Santillana del Mar, movido, sin duda, por la fama de la predicación y celo apostólico que irradiaba de los conventos dominicanos existentes ya en Cantabria. Ya anteriormente, en 1570, los dominicos, como afirma Hernando del Castillo, habían pensado instalarse en ella por ser “ermita de grandísima devoción” y encontrarse toda la Montaña sumamente necesitada de enseñanza religiosa. El P. Alonso del Pozo, primer historiador de Las Caldas, describe con trazos sumamente oscuros la ignorancia de aquellas gentes: “ignoraban las cosas de la fe católica y sacramentos… no sabían los mandamientos de Dios y de la Iglesia… los vicios y relajación de costumbres eran cosa lastimosa”(o.c. p. 269-70).

La cesión de la ermita hecha a los dominicos encontró fuerte oposición por parte de algunos eclesiásticos y determinados responsables civiles, que fue zanjada con la intervención del arzobispado de Burgos con documento fechado el 8 de abril de 1606.

Los dominicos llegan pues a Las Caldas en 1605. Se cumplen en este año 2005 cuatro siglos de su presencia al servicio de Nuestra Señora. El año 1611 la nueva fundación, hasta entonces filial del convento de Santillana, obtiene autonomía jurídica y empieza su vida independiente, con suma pobreza, en la pequeña hospedería aneja a la ermita. Hacia el año1660, accediendo a las súplicas de la noble dama montañesa Dª Ana María Velarde, llega a Las Caldas como Prior el catedrático del Colegio de San Gregorio de Valladolid P. Juan Malfaz. Con su llegada comienza una nueva época de esplendor. Con la protección económica de Dª Ana María Velarde y de los vecinos del valle, el P. Malfaz inicia en 1663 la construcción de un nuevo convento y santuario en la falda de la montaña. Cuando muere el P. Malfaz en 1680 la obra no había sido terminada. Es su sucesor en el priorato P. Alonso del Pozo el encargado de continuar las obras de la iglesia, sacristía y claustro, que tampoco vería completamente acabadas. En 1683 los religiosos, dejando la estrechez de las habitaciones en torno a la ermita primitiva, se trasladan al nuevo convento el día del “glorioso San José”, y, todavía sin terminar el templo, se traslada al mismo tiempo la imagen de Nuestra Señora a “un salón del convento que estaba hecho con arcos de piedra y se deputó para iglesia; es de buena capacidad, en él se ajustó el retablo que había hecho el siervo de Dios (P. Malfaz; dicho retablo no era el de la Iglesia actual, entonces en construcción) y se colocó el Santísimo en su tabernáculo y Nuestra Señora en su nicho y trono, que todo es de hermosa factura y majestad” (P. DEL POZO, o.c. p. 445). Describe a continuación el autor la impresionante fiesta que se hizo para el traslado de la imagen desde la capilla de abajo a la nueva construcción. Una muchedumbre ingente acompañaba con música y disparos de arcabuces a su Virgen, en una explosión de popular entusiasmo.

Las Caldas se preparaba a ser, bajo el patrocinio de la Virgen y la misión evangelizadora de los frailes, el foco más importante de renovación espiritual de Cantabria durante los siglos XVII y XVIII. Fue constante la afluencia de peregrinos, e innumerables los favores atribuidos a la intercesión de María. El templo estaba adornado de numerosas lámparas votivas y con los más variados exvotos. El nombre de Nuestra Señora de Las Caldas figuraba en naos que surcaban el océano y también en comarcas e iglesias de la América hispana.
Todo este esplendor quedó eclipsado en el si. XIX, primero con la invasión napoleónica y, lustros más tarde, con la exclaustración y desamortización de Mendizabal, que significaron para el Santuario la profanación y el expolio. En 1877 se pudo restaurar y organizar jurídicamente la Comunidad reanudando con vigor la vida religiosa y el culto a la Virgen con nuevo esplendor. En 1922 se instaló un Colegio Apostólico para vocaciones dominicanas que se habían de formar bajo la mirada protectora de la Stma. Virgen. El Colegio mantiene su actividad hasta la guerra civil de 1936.